viernes, 28 de octubre de 2011

Pélame cabrón :I

El vato que me gusta (no: el vato del que estoy enamorado) me hace caras. Hoy, después de semanas de no verlo, de semanas de encontrarme a cualquier persona remotamente parecida en la universidad y creer que iba a ser él, después de tanto esperar por su saludo, luego de tanto anhelar saludarle yo y decirle cuánto lo extrañaba, decirle qué gusto me daba volver a encontrármelo, cuando al fin lo hallo, él pone cara de aburrimiento y sólo me saluda apenas perceptiblemente con la cabeza. Lo vi desde el tercer piso del campus, él estaba en el segundo, con su bata blanca de estudiante de medicina y un pantalón de mezclilla azul celeste. Vi su inconfundible silueta moldeada a su particular postura y se me apresuró el pulso cardíaco hacia las orejas. Alcé mi mano gritando con ella "¡qué onda!" y ensanché mi mejor sonrisa, hasta se me han de haber saltado los ojos y he de haber tenido al menos otra reacción fisonómica sin darme cuenta. Y el puto no atinó a mostrar la más mínima señal amistosa. Quisiera analizarlo; quisiera creer que sucedió algo hace poco que le hizo darse cuenta de cuán gay era y se negó a aceptarlo, que por ello al verme y recordarse entonces su condición se mostró desagradable conmigo, proyectando su aversión hacia sí mismo; quisiera confrontarlo, explicarle lo anterior y quisiera gritarle que se viviera, que se dejara ser, que reconociera sus sentimientos hacia mí; quisiera estrecharlo en mi pecho contra su voluntad, con más fuerza de la que él jamás se imagino que tuviera, hasta que cediera llorando, incapaz de seguir censurando sus propios impulsos, hasta que me dijera que lo perdonara, que sí me quería pero no sabía qué hacer con sus sentimientos. Pero no sé nada de lo anterior, no me queda claro si es la verdad y me entristece pensar que tal vez son sólo fantasías mías. Lo que es cierto es que extraño que me dirija una sonrisa aunque sea de amigo heterosexual, o la de alguien que no aceptará su condición pero la respeta en los demás, o la de un gay más a quien no le gusto. Es cierto que anhelo demasiado esa sonrisa, esa voz grave, su rostro caído del tonto feo más guapo que he visto.

sábado, 1 de octubre de 2011

Desnudez

Desde que empecé mi psicoanálisis en terapia, hace ya 4 meses, las concepciones que tenía de mí mismo y el mundo han sido unas revolcadas y encauzadas, otras confirmadas y mejoradas, y las demás cruelmente destazadas pero han empezado ya un proceso de reestructuración, o están del todo reconstituidas en el mejor de los casos. ¡Qué poco sabe una persona realmente de sí misma si no ha dado cuenta de los mecanismos inconscientes que le hacen pensar, actuar y sentir! Qué equivocado se puede ir por la vida, o mejor: qué ignorante. ¡Cuánto puedo ver ahora al cruzar unas cuantas palabras con gente desconocida, al platicar con mis amigos, al convivir en familia! ¡Qué maravilla encuentro en la selección de las palabras que conforman sus discursos, en sus pausas, en el tono, en la expresión corporal que acompaña todo! ¡Con qué ojos distintos admiro a mis semejantes! Porque sí, los admiro, los admiro por el mundo de experiencias que son en su interior y que irrevocablemente se refleja en cada una de las decisiones que toma en su vida, de las cosas que le gustan, de aquellas que detesta, las que omite.
¡Qué terrible y tenebroso es a la vez todo esto...!
Y es que sí, al mismo tiempo siento temor de continuar por esta línea, porque al final es como si todo fuera a quedar desnudo, incluido yo mismo. Entiendo perfectamente a aquéllos que desean conservar ocultas las revelaciones de su vida, a aquéllas que deciden permanecer ignorantes de su inconsciente, que anhelan alcanzar el crecimiento personal por medios menos angustiantes, al cabo ineficaces. No desean saber de sí mismos por insoportables que son sus propias revelaciones, o porque algunas, una vez desveladas dejan a su vez desprovistas de belleza y magia sus vidas. Como cuando nos quitamos la ropa que nos cubre, nos protege y nos adorna para descubrir la naturaleza que somos, que excita; y como dejar de llevarla indefinidamente ha de saciar la excitación producida por la otrora contemplación efímera de la desnudez esporádica. Más o menos así se siente: al traer el inconsciente descubierto la poesía que emergía de sus disfraces es reemplazada por una realidad más áspera que bella, una realidad que no excita ni seduce. Sin embargo, esta fase cruda no se trata más que de eso, una fase, un período estacionario.
Así como el viejo que se adaptó exitosamente a la vida no se avergüenza de su cuerpo y puede encenderse con el de su pareja de siempre, así será al final. No se descubre al inconsciente para dejarlo indefenso, desprotegido y maltrecho. Se hace para, en su vulnerabilidad comprenderlo y abrazarlo, y sólo luego volver a vestirlo, pero no ya con un disfraz, sino con lo que conscientemente hemos decidido llevar, con la ropa que le queda justa y le hace lucir tan atractivos como somos en realidad, ni más ni menos.

Lectores estimados míos, no he venido hoy con estas líneas por azar, sino, porque como de costumbre hay algo que me rasca las entrañas y que anhela ser puesto en orden. Ahora que gran parte de mi vida ha quedado desnuda en terapia, que mi inconsciente está con la carne viva, me dan ganas de retroceder, en el último intento de éste de retomar el control con sus artificiosos disfraces. Pero no hay vuelta atrás, la verdad es que lo que empecé hace 4 meses es al final un proceso de reestructuración, y saldré de esta más fuerte que lo que nunca fui, aunque tenga que romperme la cabeza en el camino, aunque partes de mí se hayan desgastado, aunque me sienta débil, aunque mi identidad se sienta violada y pisoteada. Prefiero mil veces lacerarme las ideologías a ver qué queda de ellas a volverlas un monumento viviente que se erija plantado en el tiempo, con inscripciones que al cabo de unos años sonarán anticuadas.