Si bien no me sorprendió haber sido elegido para dar las palabras de la generación, modestia aparte, no por eso dejé de emocionarme al aceptar la tarea. No sé exactamente cómo funciona para otros escritores, pero a mí me gusta mucho trabajar por encargo: denme un tema, un formato, un número de páginas y/o cualquier otra característica que deseen en su producto y yo encantado de la vida hago mi redacción. En esta ocasión sin embargo experimento cierta contrariedad con la única característica que se solicitó en mi encargo: la extensión de media a una cuartilla. Resulta a la vez un tentador reto y una asfixiante limitante. Me parece casi imposible escribir (y leer a una audiencia) una reflexión tan pequeña que pretenda sintetizar tres años y cuatro meses de desafíos continuos, de desvelos y madrugadas, de interesantísimas lecturas, de decenas de ensayos e investigaciones, de aplicaciones de tests psicométricos y proyectivos y sus extenuantes revisiones e interpretaciones, de cefaleas a punta de memorizaciones sistemáticas para los términos médicos, de exámenes unos ridículamente sencillos y otros absurdamente difíciles, de la muy razonable preocupación por estar haciendo bien o no el trabajo con nuestros pacientes, que si salen adelante, si recaen, si les está siendo de ayuda la terapia. Tres años y cuatro meses también incluyen, desde luego, buenos momentos: las benditas salidas temprano, las carcajadas desinhibidas, las inolvidables frases incoherentes que consagramos, los inconfesables apodos de los maestros, la actividad extracurricular que algunas contadas pero memorables veces extendimos a fiestas y reuniones, el par de congresos nacionales a los que asistimos y de los que rescatamos maravillosas experiencias académicas y personales, las intensas pláticas subidas de tono, los cariños, abrazos y palabras de aliento que nos procuramos como amigos trascendiendo el compañerismo. Qué complicado es mencionar sin extenderme demasiado las frustraciones que desde ya hemos experimentado por conseguir un lugar que como profesionales, por poner un ejemplo, los médicos, tienen ya bien ganado; qué fútiles nuestros intentos por hacer a la sociedad comprender que un psicólogo no es un personaje enigmático que lee la mente y adivina cómo es la gente sólo de verla unos instantes, sino un científico más que trabaja a partir de realidades observables, que pone sus conocimientos al servicio de la salud. Aun con temor a que no quede más espacio en la cuartilla, no podría dejar de hablar acerca de lo intimidante que resulta envolverse en la lucha ardua e interminable por la comprensión de la conducta humana ajena y propia, y digo propia porque es ineludible hallarte de frente con tus propios demonios al estudiar psicología, y es de valientes continuar por esta línea, con la firme decisión de someterlos y volverte alguien mejor, libre de las influencias incapacitantes atascadas en tu historia, alguien más fuerte, más inteligente, más sagaz; pero también más sensible, más comprensivo, más consciente de las propias limitaciones, más humano. Qué mucho queda por decir y qué poco espacio hay en esta hoja. Qué ilusión, qué terror, qué mezcolanza de sentimientos se nos apresuran en el pecho al concluir esta grandiosa etapa. Qué ganas de agradecer a mis papás el privilegio de haberme concedido tan preciada carrera, a mis maestros de acompañarme y guiarme por sus senderos. A todas mis compañeras, les deseo sin reservas, el mayor de los éxitos y también la mejor de las suertes. Gracias.
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Ea, ahí tienen la premiere de mi discurso de generación. El estreno nacional será este 8 de Diciembre a las 10 de la mañana en la UVM.