Parece que fue el jueves cuando le vi por vez primera, temprano dirigiéndome a alguna de las conferencias magistrales del congreso. Iba caminando en sentido contrario, llevaba una maleta creo que con ruedas tras de sí, portaba un sombrero playero pero sobrio, lentes de aumento con armazón negra y discreta; la ropa no era común pero tampoco extravagante, tenía hasta cierto punto finta de un hipster a medias, sin tener idea de que lo parecía y más bien sintiéndose original pero reitero, sin llamar demasiado la atención. Me gustó, empero no hubo mayor reacción de mi parte y dejé que se me escapara su figura por el rabillo del ojo sin lamentarlo; ya otros sujetos me habían parecido más o menos atractivos.
Al día siguiente andaba con algunos compañeros hacia los establecimientos que están cerca del lobby del hotel, no muy lejos al estacionamiento del mismo. Por alguna razón en el camino nos detuvimos y quedamos parados y por alguna otra volví mi mirada hacia el hotel para encontrarme con lo siguiente. El mismo chico que sin pena ni gloria había visto el día anterior subía hacia el lobby con prisa a no más de diez metros; esta vez llevaba un pantalón de mezclilla recogido encima de las pantorrillas, y fue precisamente el descubrimiento de una poderosa pantorrilla contrayéndose por la fuerza implícita tan naturalmente al andar y subir los escalones, lo que me tumbó la quijada inferior. Ese instante en que como una mancha sin embargo bastante nítida, recorrió a pasos largos lo que le restaba del lobby antes de que desapareciera de mi campo visual, fue para mí una a la vez sofocante y muy gratificante visión que creo tardaré mucho en borrar de mi mente, y es que me pareció tan salvajemente sensual la fuerza con que iba! Andaba acompañado de una más o menos voluptuosa chica caucásica y pecosa de vestido blanco y pelo chino que, yéndome por la misma línea, me daba aires a pantera. ¿Recuerdan la escena en que entran los Cullen a la cafetería y Bella los ve por primera vez? Lo sé, qué horror de analogía, pero fue más o menos así, sólo que el tiempo no se detuvo para que les pudiera apreciar mejor, al contrario avanzó vertiginosamente y me dejó con el corazón palpitando. Esta vez había registrado las características físicas del chico con mayor detalle; era unos 5 cm más alto que yo, moreno claro, de hermosas y musculosas piernas con vello, delgado del torso, y con un rostro que me recordó a un amigo mío, Gabriel. Llevaba el mismo sombrero del pasado día y esta vez una camisa de botones y manga corta, muy convencionalmente playero el muchacho pero aún conservando cierta hipsterness (máxime por los lentes y el porte de indiferencia). En las conferencias lo volví a ver, se sentó en la fila de atrás junto a un grupo numeroso de chav@s, pero con unos tantos asientos de distancia perpendicular. Justo ahora que describo la experiencia me pongo a preguntarme por primera vez cuántos años tendría y lo comparo con sus acompañantes... mmm, yo creo que entre 18 y 19; ninguno me pareció mayor que eso y supongo eran universitarios principiantes de psicología, como muchos más. Eché varias miradas hacia atrás para observarlo mejor, empezándome a percatar que además de sensual, el sujeto me parecía sumamente guapo; se le hacían unas marcas hondas más afuera de las comisuras de los labios al sonreír, su cutis era limpio, el cabello negro, quebrado y muy delgado, los ojos negros, los labios rosados pero ligeramente oscuros, lisos y medianamente amplios. Tenía unas muy bonitas manos, gruesas, y tanto ellas como los esbeltos brazos eran abundantemente recorridas por venas turgentes, gruesas también. Amé su voz, que era ligera y alta, de tenorcillo, dulce, con un acento entre sureño y mexiquense. Al cabo de un rato salí con mis acompañantes de las conferencias y empecé a pensar cómo abordar al chico.
Enrique Tijeras me preguntó el miércoles pasado "ligarás?", cuando le conté que me iría 4 días a Ixtapa. Le respondí que no sabría cómo hacerlo con un desconocido, pero que sí si se daba la oportunidad; bueno pues, no quería esperar que se diera la oportunidad sino que impetuosamente quería crearla. A partir de ahí traía la mirada atentísima a encontrármelo adonde sea que anduviera, y por fortuna así sucedió muchas veces. Lo que yo comenzaba a planear era que cuando le viera pasar, llamaría a uno de sus acompañantes discretamente y le preguntaría sin gran rodeo si su amigo era gay, si me decía que sí le encargaría que le preguntara si yo le gustaba y le daría mi número para que me respondiera o tal vez sólo que le comunicara que me había gustado, esperando a que en un próximo encuentro ambos nos mirásemos y acudiéramos a empezar una torpe conversación (si el sentimiento era recíproco, claro), si me decía que no era jotinga, entonces con el dolor de mi alma daría por olvidado el tema. Sólo que voluntad y planeación no siempre estuvieron trabajando de la mano. Sucedió que tuve una cantidad considerable de oportunidades en que me lo encontré en un lado y en otro, pero me acobardaba al momento de cruzarme con él.
El sábado lo tuve de nuevo a unos asientos de mí durante las conferencias, esta vez en la fila del frente. No estoy del todo seguro si en algún momento de los días pasados él me habría visto, acaso sin poner atención, pero en esta ocasión establecimos contacto visual dos veces desde nuestras respectivas sillas. Muy probablemente lo que sucedió fue que de tanto que le veía, en algún momento tenía él que voltear hacia donde yo estaba, y de sorprenderme con los ojos pelones y fijos en él me devolvía la mirada pensando que qué pedo conmigo, ja. Se salió junto a la chica voluptuosa de antes al terminar una de las conferencias, pero el resto de su grupo se quedó ahí. Entonces a mí me pareció el momento perfecto para ir hacia uno de los acompañantes de mi presa hasta entonces hipotética y hacerle la pregunta del millón. Traía el corazón en la garganta cuando salí de mi lugar y di la vuelta por atrás para alcanzar al grupo objetivo, pero a medio camino el expositor de la conferencia siguiente empezó fuertemente su ponencia con su acento cubano narrando un cuento... y me pareció sería una grosería interrumpir la escucha atenta de la chica que había elegido como confesora de orientaciones sexuales, o lo que es lo mismo, me bastó una en definitiva nada pesada razón para acobardarme de nueva cuenta. Regresé a mi lugar intentando no sentirme mal por mi conducta tan tonta.
A mediodía lo vi pasar por la alberca del hotel. De nuevo intercambiamos miradas y de nuevo le dejé pasar.
En la tarde salí junto a un compañero del taller didáctico "amores que matan"; ahí afuera estaba quien ya se había convertido en un visitante demasiado frecuente de mis pensamientos, pero esta vez no me vio. Su grupo iba a entrar al siguiente taller que se celebraría en el mismo salón del que yo había salido, y mientras mi compañero (que llamaré R) iba al baño yo me quedé recargado a la pared observando a este vato, que ahora me enteraba tenía una espalda muy estrecha. Andaba en bermudas y sus fortísimas piernas me eran todo un espectáculo. Pero el espectáculo se me escapó por última vez cuando cerraron las puertas con él adentro para dar inicio al taller. Suspiré con la pesadez de mi autoconcepto rebajado por la poca valentía con que me había valido, luego de haberlo tenido por minutos frente a mí.
Uno de los organizadores del congreso se puso a platicar conmigo ahí afuera, y justo cuando me dejó para atender otros asuntos vi salir del salón del taller a un amigo de ya-saben-quién y entrar al baño: la oportunidad perfecta. Mi acompañante salió del mismo y creo que estuve platicando con él pero no supe de qué pues tenía toda mi fisionomía alterada por lo que a continuación haría. No supe exactamente si todavía estaba acompañado cuando vi salir a mi víctima del baño, el caso es que si aún lo estaba no me importó pues sin pensarlo me alejé de R e intercepté a ésta. Oye, te haré una pregunta algo rara, le dije, hay un chavo en tu grupo. Se lo describí mientras él asentía, entendiendo a quién me refería, e inmediatamente después pregunté "es gay?". Negó con la cabeza y yo ya no supe exactamente qué fue lo que le dije, pero fue una mezcla entre muchas gracias y que bueno, eso era todo. Él siguió negando con la cabeza, no me miraba y decía algo de que él nunca le había visto que se le notara o algo parecido. Volví a agradecer y me alejé, aunque no lo crean, con un tremendísimo alivio.
Le conté a R lo sucedido, ávido de hacer catártica mi experiencia. En efecto mi buen se interesó por lo que le decía hasta y hasta me hizo sentir mejor haciéndome saber lo aventado que había sido (si supiera las de veces que antes me acobardé!). En todo caso para no seguir martirizándome reflexioné y me di cuenta que pocos en mi lugar de hecho hubieran tenido el valor de siquiera pensar en hacer lo que yo. En fin.
A media noche iba con R y otro vato de mis biatches uveemenses hacia la playa privada del hotel y justo en sentido contrario venían mi ahora amor platónico de fin de semana junto al tipo a quien pregunté si aquél era gay. Lamenté que estuviera tan oscuro pues el vato venía sin playera. Nos cruzamos sin dirigir miradas, le pasé un brazo a R por los hombros y le dije "ése de sombrero (nunca se lo quitó) es el que te digo que me gustó". Miramos hacia atrás, encontrándonos con que los dos vatos se habían detenido a no muchos metros y miraban también hacia acá. Me palpitó con fuerza el corazón pero seguí mi camino and so did they.
Al siguiente día el hotel era un caos para las doce de la mañana, con la gente corriendo para allá y para acá por motivos del checkout. Yo esperaba a R en el lobby del hotel pues él traía la otra llave a entregar cuando mi vato volvió a hacer acto de presencia, era la primera vez que lo veía sin sombrero, me pareció más guapo que nunca con su sedoso cabello al descubierto, pasó junto a varios de sus acompañantes y se sentó en una jardinera no muy lejos. Yo avancé y me planté en una silla de tal forma que quedé justo enfrente de él, con unos tres metros de distancia. Nos miramos varias veces y yo tenía toda la impresión de que ya le habían contado que había preguntado por él. En una ocasión que me despisté, cuando volteé hacia él me miraba sonriendo, pero de inmediato bajó la vista y endureció las facciones, unas muy lindas y angulosas facciones. Lo interpreté como que no le molestaba ser objeto de deseo de otro hombre, y que a la vez no sabía exactamente cómo rechazar mis miradas sin transmitir que en lo absoluto era homofóbico, lo cual sin embargo me parecía claro. Ahhh, además de guapo, adorable. Se levantó, fue a platicar con una chica y con mucha tristeza les digo, amigos míos, que esa fue la última vez que lo vi, pues a los pocos segundos R y mis demás compañeros de cuarto estábamos checkouteando en recepción.
Si de algo me arrepiento es de la conversación tan corta que tuve con el amigo, pues pude haber preguntado por el nombre de él y su lugar de procedencia. Este vato ocupó gran parte de mis pensamientos en mi viaje a Ixtapa, sin embargo les aseguro que no fue lo único intenso que viví allá. Me encantó enamorarme a segunda vista a pesar de no haber sido correspondido. Espero que jamás se borre de mi mente y cuerpo el estremecimiento que me sacudía cada que lo veía, la imagen tan erótica de su rostro y figura, tan hermosos... pero si llegara a suceder, todo ha quedado plasmado aquí para venir a recordarlo.
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