Me encuentro algo confundido, afables lectores. Probablemente sea una suerte de crisis existencial, probablemente se me pase para mañana, lo que es seguro es que el venir aquí a escribir lo que estoy sintiendo y pensando me ayudará; siempre lo hace.
Tal vez tiene que ver con el proceso de psicoanálisis que inicié el 3 de junio. Ese día por fin me convertí en paciente, a mi 9° tetramestre en la carrera de psicología (si bien había programado que empezaría en 8°, qué valen los planes después de todo), a mis 20 años, sin una cuestión apremiante más que el hecho de querer empezar mi servicio social con menos telarañas en la cabeza, con una mayor conciencia de mí mismo. Me sorprendí por el hecho de estar sujeto al psicoanálisis sin habérmelo propuesto, me sigo sorprendiendo, y es que mis no letrados en psicología lectores, Psicoanálisis y Psicoterapia no es lo mismo, el primero es un proceso en general muy largo y profundo, inigualable en calidad y efectividad por ninguna otra psicoterapia; la psicoterapia puede tomar varias formas o vertientes según sea la preparación teórica del psicólogo (el caso del psicoanálisis es una (o más) especialización(ones) que le otorga al profesional el título de psicoanalista). Digo que estoy sorprendido porque según yo, como estudiante tomaría una terapia breve (de algunos 4 meses), y sería hasta estar trabajando como profesional de la salud mental que iniciaría un psicoanálisis, ya cuando yo me lo pudiera costear, a saber que tiene fama de ser caro, pero resulta que encontré una gran oportunidad económica que decidí no dejar pasar. En mi psicoanálisis llego y la terapeuta no me hace preguntas, o al menos no como uno esperaría en una conversación normal, tampoco como en una entrevista, sino que espera a que hable de lo que quiera por donde quiera empezar, no me da rumbo sino que sigue el mío, interviene sólo cuando ha de hacer las interpretaciones pertinentes, cuando estoy listo para escucharlas. La terapeuta hace señalamientos y pide aclaraciones, de vez en cuando pregunta muy como no queriendo la cosa, háblame de equis persona o situación, y entonces empiezo con mi letanía de tragedias y se me escurre la sesión por la boca hasta que se acaba y me quedan muchas cosas por decir, pero cuando me pregunta si hay algo más que quiera agregar a la sesión digo que no, pues si vuelvo a abrir la boca ocuparé otra medio hora para acabar. Llevo tres sesiones apenas, ya habrá de aflorar mi inconsciente en las próximas, de momento me he entretenido hablando primero de las cosas que me preocupan, luego las que no he superado; he hablado de mi temor a morir, del conflicto que me causa no saber cómo compaginar mi vida romántica con la familiar, en especial las aprensiones que me surgen mirando al futuro, de la muerte de Megan, una chihuahua de 4.5 meses de la que nunca les hablé, del shock que fue mi coming out con mis papás, de mi vida amorosa, de cómo acepté mi sexualidad, de cómo he vivido distintos duelos, entre otras cosas que me cuesta recordar. Confirmé la visión de una alucinación cuando tenía 18 años, reafirmé mi decisión del objeto sexual, me empecé a perdonar por las acciones que no tomé y que pudieron salvar a Megan, reforcé un poquitín la idea de que no importando qué tanto falle a las expectativas de mis padres, ello no me hace desmerecedor de lo que me han procurado, y acaricié la sugerencia de la psicoanalista, que probablemente busco y gusto de que me lastimen emocionalmente (!), la acaricié con mucho recelo. Otra cosa que he tenido que reflexionar es mi superficialidad inicial al momento de elegir pareja, pero he concluido (más o menos) que no es necesariamente un defecto, después de todo lo que busco no es un Ken o un Brad, sino alguien que se ajuste a mis propios ideales de belleza, los cuales no son irreales ni demasiado escasos... aunque ni mucho menos, pero vamos, será tipo un reto (...). Por último hay un asunto que el proceso psicoanalítico me ha recordado, y es que hay algunas cosas que no me gustan de mí. La psicoterapia, sea cual sea su orientación suele presentar una curva, inicia bien, en ascenso, luego descubres ciertas cosillas que no te agradan y que te hacen observar con mayor intensidad los aspectos negativos... la curva desciende, pero al final, enfrentando los obstáculos y dificultades de ese descenso, inicia la cuesta arriba. Siendo psicoanálisis me parece demasiado pronto para empezar a sufrir los vericuetos de la curva, por la duración del proceso ésta debería estar tan alargada que apenas los sentiría, pero tal vez es cierto que ya empezó el descenso, que ya estoy cerca del fondo o a lo mejor tiene poco que ver con psicoterapia lo que en este momento experimento; después de todo mientras estaba en el consultorio me sentía bien: la confusión y sentimientos negativos surgieron con fuerza hace apenas unas horas.
¡Ah! Me jode que existan cosas que no me gustan de mí, me avergüenza confesar que no he logrado ser tan feliz como antaño, ¡que no he logrado vivir con la pasión que deseo! Que a veces la pasividad me traiciona y sabotea mi actuación. Ojalá haya algo inconsciente detrás de todo esto, ojalá lo descubra y la luz que arroje me haga más fuerte y feliz.
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