miércoles 1 de febrero de 2012

Mi vida hoy

¡Qué de días le he rehuído a esta entrada! Puedo poner mil pretextos pero ninguno de ellos será, ni remotamente, más cierto que el terror que le tengo a empezar a darle forma escrita al recuento de los daños del 2011. Me dan hartas ganas de tontear en facebook, de seguir viendo imágenes random, de irme a acostar, hasta de continuar mis novelas.
De pronto siento que tengo que tocarme una mano con la otra para saber que soy Eddy (sin tilde en la E), para darme cuenta de que la persona que lleva este cuerpo existe realmente, y me da algo de miedo que aquella acción no resulte para tal efecto, que aun pellizcándome no me termine de despertar. Estoy inmerso en una cosa que le llaman desamparo creativo, sólo que particularmente en este momento no me siento tan creativo. ¿Se acuerdan de la entrada "Desnudez" (scrolleen un poco hacia abajo si no)? Bueno, pues la verdad es que todavía me siento desnudo, todavía no hallo las ropas adecuadas, todavía mis heridas están abiertas y la carne a flor de piel. Me siento un manojo de humanidad viviendo a merced de las circunstancias y al mismo tiempo un vasto cuerpo de conocimientos, poderoso pero sin un enfoque personal. Me siento eco de los todavía lastimeros gritos que han ido matando al Eddy que ha ido marchitándose, aunque a veces los nuevos y prometedores retoños de mi cuerpo sean ni más ni menos que más de lo mismo que siempre he sido, pero que en nombre de mi descaro pregonan novedad.
Probablemente sea sólo este momento el que me indica que enunciar todo aquello que logré, viví y adquirí el año pasado resultaría sintético, engañoso. Siento que me hace falta un matiz fijo, una posición desde la cual juzgar.
Tal vez desee quedarme así de aturdido por un montón de días más. Al mismo tiempo, otra parte de mí quiere darle ya una actualización a mi perfil de blogger, que desde hace más de medio año está pendiente de definir. Y créanme que si empiezo a enumerar las cosas que me gustan, las acciones que llevo a cabo día con día, las creencias que en este momento tengo, las características de mi cuerpo, mis posesiones materiales e intelectuales, los sentimientos que me dominan y los anhelos y temores que acompañan mis noches, sacaría de hecho la descripción correcta de Eddy. Es más, ya tengo todo eso en mi preconciencia, sólo basta traerlo a la conciencia con un poco de voluntad y gramatizarlo. ¿Pero saben qué? Lo más seguro es que no esté contento con el resultado y que por tanto no quiera revelarlo.
Lo cierto es que no me termino de gustar y me causa pavor tampoco gustarles, siempre me ha lastimado no ser lo suficientemente bueno, pues ni siquiera sé qué es lo que espera el mundo de mí. Dios... bueno, ya empecé a vomitar al inconsciente... mis papás nunca dejaron en claro qué era lo que esperaban de mí, así que por eso me resultaba cómodo pensar que mi vida era como un velero en mar abierto; que sólo era cuestión de alzar la vela y ver adónde me llevaba el viento, total, no existía un propósito claro para mí y tenía la feliz creencia de que lo que viniera sería bueno, por ello no creía en las metas y cuando comencé a ponérmelas (porque todos lo hacían) pocas veces las lograba del todo. Ahora que estoy libre de esta creencia (insertada a la fuerza, porque no me quedaba de otra para no lacerar mi autoestima, y no por convicción propia) pues comprendo su origen en mis sentimientos de incapacidad, ahora que sé que mi mamá ha manejado una filosofía similar (de nuevo, no por convicción) y que mi papá ha sido una figura débil y confusa a merced de sus propios sentimientos de inferioridad, depositando en mí grandes expectativas y al mismo tiempo saboteando mis intentos de alcanzarlas, amén de su eterna pugna por ser el mejor, inigualable; ahora soy libre de decidir hacia dónde voy, qué quiero ser y tener. Naturalmente, desamparado como estoy, desprovisto de una auténtica filosofía, me va a tomar tiempo decidirlo.

domingo 4 de diciembre de 2011

Damas y Caballeros, it's over

Si bien no me sorprendió haber sido elegido para dar las palabras de la generación, modestia aparte, no por eso dejé de emocionarme al aceptar la tarea. No sé exactamente cómo funciona para otros escritores, pero a mí me gusta mucho trabajar por encargo: denme un tema, un formato, un número de páginas y/o cualquier otra característica que deseen en su producto y yo encantado de la vida hago mi redacción. En esta ocasión sin embargo experimento cierta contrariedad con la única característica que se solicitó en mi encargo: la extensión de media a una cuartilla. Resulta a la vez un tentador reto y una asfixiante limitante. Me parece casi imposible escribir (y leer a una audiencia) una reflexión tan pequeña que pretenda sintetizar tres años y cuatro meses de desafíos continuos, de desvelos y madrugadas, de interesantísimas lecturas, de decenas de ensayos e investigaciones, de aplicaciones de tests psicométricos y proyectivos y sus extenuantes revisiones e interpretaciones, de cefaleas a punta de memorizaciones sistemáticas para los términos médicos, de exámenes unos ridículamente sencillos y otros absurdamente difíciles, de la muy razonable preocupación por estar haciendo bien o no el trabajo con nuestros pacientes, que si salen adelante, si recaen, si les está siendo de ayuda la terapia. Tres años y cuatro meses también incluyen, desde luego, buenos momentos: las benditas salidas temprano, las carcajadas desinhibidas, las inolvidables frases incoherentes que consagramos, los inconfesables apodos de los maestros, la actividad extracurricular que algunas contadas pero memorables veces extendimos a fiestas y reuniones, el par de congresos nacionales a los que asistimos y de los que rescatamos maravillosas experiencias académicas y personales, las intensas pláticas subidas de tono, los cariños, abrazos y palabras de aliento que nos procuramos como amigos trascendiendo el compañerismo. Qué complicado es mencionar sin extenderme demasiado las frustraciones que desde ya hemos experimentado por conseguir un lugar que como profesionales, por poner un ejemplo, los médicos, tienen ya bien ganado; qué fútiles nuestros intentos por hacer a la sociedad comprender que un psicólogo no es un personaje enigmático que lee la mente y adivina cómo es la gente sólo de verla unos instantes, sino un científico más que trabaja a partir de realidades observables, que pone sus conocimientos al servicio de la salud. Aun con temor a que no quede más espacio en la cuartilla, no podría dejar de hablar acerca de lo intimidante que resulta envolverse en la lucha ardua e interminable por la comprensión de la conducta humana ajena y propia, y digo propia porque es ineludible hallarte de frente con tus propios demonios al estudiar psicología, y es de valientes continuar por esta línea, con la firme decisión de someterlos y volverte alguien mejor, libre de las influencias incapacitantes atascadas en tu historia, alguien más fuerte, más inteligente, más sagaz; pero también más sensible, más comprensivo, más consciente de las propias limitaciones, más humano. Qué mucho queda por decir y qué poco espacio hay en esta hoja. Qué ilusión, qué terror, qué mezcolanza de sentimientos se nos apresuran en el pecho al concluir esta grandiosa etapa. Qué ganas de agradecer a mis papás el privilegio de haberme concedido tan preciada carrera, a mis maestros de acompañarme y guiarme por sus senderos. A todas mis compañeras, les deseo sin reservas, el mayor de los éxitos y también la mejor de las suertes. Gracias.



----------------------------------------------------------------------------

Ea, ahí tienen la premiere de mi discurso de generación. El estreno nacional será este 8 de Diciembre a las 10 de la mañana en la UVM.

viernes 28 de octubre de 2011

Pélame cabrón :I

El vato que me gusta (no: el vato del que estoy enamorado) me hace caras. Hoy, después de semanas de no verlo, de semanas de encontrarme a cualquier persona remotamente parecida en la universidad y creer que iba a ser él, después de tanto esperar por su saludo, luego de tanto anhelar saludarle yo y decirle cuánto lo extrañaba, decirle qué gusto me daba volver a encontrármelo, cuando al fin lo hallo, él pone cara de aburrimiento y sólo me saluda apenas perceptiblemente con la cabeza. Lo vi desde el tercer piso del campus, él estaba en el segundo, con su bata blanca de estudiante de medicina y un pantalón de mezclilla azul celeste. Vi su inconfundible silueta moldeada a su particular postura y se me apresuró el pulso cardíaco hacia las orejas. Alcé mi mano gritando con ella "¡qué onda!" y ensanché mi mejor sonrisa, hasta se me han de haber saltado los ojos y he de haber tenido al menos otra reacción fisonómica sin darme cuenta. Y el puto no atinó a mostrar la más mínima señal amistosa. Quisiera analizarlo; quisiera creer que sucedió algo hace poco que le hizo darse cuenta de cuán gay era y se negó a aceptarlo, que por ello al verme y recordarse entonces su condición se mostró desagradable conmigo, proyectando su aversión hacia sí mismo; quisiera confrontarlo, explicarle lo anterior y quisiera gritarle que se viviera, que se dejara ser, que reconociera sus sentimientos hacia mí; quisiera estrecharlo en mi pecho contra su voluntad, con más fuerza de la que él jamás se imagino que tuviera, hasta que cediera llorando, incapaz de seguir censurando sus propios impulsos, hasta que me dijera que lo perdonara, que sí me quería pero no sabía qué hacer con sus sentimientos. Pero no sé nada de lo anterior, no me queda claro si es la verdad y me entristece pensar que tal vez son sólo fantasías mías. Lo que es cierto es que extraño que me dirija una sonrisa aunque sea de amigo heterosexual, o la de alguien que no aceptará su condición pero la respeta en los demás, o la de un gay más a quien no le gusto. Es cierto que anhelo demasiado esa sonrisa, esa voz grave, su rostro caído del tonto feo más guapo que he visto.

sábado 1 de octubre de 2011

Desnudez

Desde que empecé mi psicoanálisis en terapia, hace ya 4 meses, las concepciones que tenía de mí mismo y el mundo han sido unas revolcadas y encauzadas, otras confirmadas y mejoradas, y las demás cruelmente destazadas pero han empezado ya un proceso de reestructuración, o están del todo reconstituidas en el mejor de los casos. ¡Qué poco sabe una persona realmente de sí misma si no ha dado cuenta de los mecanismos inconscientes que le hacen pensar, actuar y sentir! Qué equivocado se puede ir por la vida, o mejor: qué ignorante. ¡Cuánto puedo ver ahora al cruzar unas cuantas palabras con gente desconocida, al platicar con mis amigos, al convivir en familia! ¡Qué maravilla encuentro en la selección de las palabras que conforman sus discursos, en sus pausas, en el tono, en la expresión corporal que acompaña todo! ¡Con qué ojos distintos admiro a mis semejantes! Porque sí, los admiro, los admiro por el mundo de experiencias que son en su interior y que irrevocablemente se refleja en cada una de las decisiones que toma en su vida, de las cosas que le gustan, de aquellas que detesta, las que omite.
¡Qué terrible y tenebroso es a la vez todo esto...!
Y es que sí, al mismo tiempo siento temor de continuar por esta línea, porque al final es como si todo fuera a quedar desnudo, incluido yo mismo. Entiendo perfectamente a aquéllos que desean conservar ocultas las revelaciones de su vida, a aquéllas que deciden permanecer ignorantes de su inconsciente, que anhelan alcanzar el crecimiento personal por medios menos angustiantes, al cabo ineficaces. No desean saber de sí mismos por insoportables que son sus propias revelaciones, o porque algunas, una vez desveladas dejan a su vez desprovistas de belleza y magia sus vidas. Como cuando nos quitamos la ropa que nos cubre, nos protege y nos adorna para descubrir la naturaleza que somos, que excita; y como dejar de llevarla indefinidamente ha de saciar la excitación producida por la otrora contemplación efímera de la desnudez esporádica. Más o menos así se siente: al traer el inconsciente descubierto la poesía que emergía de sus disfraces es reemplazada por una realidad más áspera que bella, una realidad que no excita ni seduce. Sin embargo, esta fase cruda no se trata más que de eso, una fase, un período estacionario.
Así como el viejo que se adaptó exitosamente a la vida no se avergüenza de su cuerpo y puede encenderse con el de su pareja de siempre, así será al final. No se descubre al inconsciente para dejarlo indefenso, desprotegido y maltrecho. Se hace para, en su vulnerabilidad comprenderlo y abrazarlo, y sólo luego volver a vestirlo, pero no ya con un disfraz, sino con lo que conscientemente hemos decidido llevar, con la ropa que le queda justa y le hace lucir tan atractivos como somos en realidad, ni más ni menos.

Lectores estimados míos, no he venido hoy con estas líneas por azar, sino, porque como de costumbre hay algo que me rasca las entrañas y que anhela ser puesto en orden. Ahora que gran parte de mi vida ha quedado desnuda en terapia, que mi inconsciente está con la carne viva, me dan ganas de retroceder, en el último intento de éste de retomar el control con sus artificiosos disfraces. Pero no hay vuelta atrás, la verdad es que lo que empecé hace 4 meses es al final un proceso de reestructuración, y saldré de esta más fuerte que lo que nunca fui, aunque tenga que romperme la cabeza en el camino, aunque partes de mí se hayan desgastado, aunque me sienta débil, aunque mi identidad se sienta violada y pisoteada. Prefiero mil veces lacerarme las ideologías a ver qué queda de ellas a volverlas un monumento viviente que se erija plantado en el tiempo, con inscripciones que al cabo de unos años sonarán anticuadas.

domingo 3 de julio de 2011

Oh, añorada trascendencia

De nuevo llego hasta acá para organizar mis pensamientos.
Aparentemente la hipótesis final de mi psicóloga es que si temo a la muerte, es precisamente porque no sé qué es lo que sucede después de ella. Muy simple deducción, muy lejana de la fantasía que tenía respecto a situaciones inconscientes que tienen que ver con el control de mi vida o la de los demás o qué sé yo; muy lejana a cualquier verdad lejos de mi conciencia que al entrar a ella me iluminaría el foco de Eureka. Antes de mi sesión del sábado en terapia, fue que me pude remontar a mi recuerdo más primitivo de experimentar esa horrible sensación de auténtico terror que me embarga cuando las circunstancias son adecuadas para que mi fobia se detone (es decir: oscuridad, yo solo en mi cama por la noche, una lucidez ya más o menos desgastada por el sueño), y ese recuerdo primitivo es una escena a mis 6 años, poco después de que muriera mi abuela, estando yo acostado en mi cama de noche y mirando el techo, visualizando a la anciana perdiéndose en un firmamento lleno de estrellas, alejándose hacia el espacio exterior en un intento de mi pueril cerebro de darle sentido al suceso, y es que no recuerdo que nadie me haya dicho qué fue de ella, adónde fue, acaso si murió, a pesar de que yo estuve en el funeral y en el velorio. Al parecer, y ahora hablo parafraseando la interpretación de mi terapeuta, ese primer contacto que tuve con la muerte [de un ser cercano] fue una experiencia estresante y determinante, pues de pronto hay una persona en la familia que a pesar de que jamás simpaticé con ella, deja al morir un hueco y cambia al instante la rutina de vida, pero nadie se molesta en explicarme qué putas sucedió. Bajo la premisa de que son las primeras experiencias cuales marcan con fuego la forma en que veremos y sentiremos las que seguirán en el futuro, mi concepción de la muerte está jodida, es un punto de inseguridad y de misterio sin resolver, una fuente de ansiedad en tanto que lo es lo desconocido. 
Bien, ya está planteada la etiología de mi fobia (y lo pongo en itálicas porque aún no resuelvo si lo puedo definir así, pero en todo caso eso es lo de menos en este momento), su razón de ser. Ahora viene lo bueno, ¿cómo lo resuelvo? Mi terapeuta es una creyente ferviente, no sé si cristiana o católica o qué, pero más o menos por ahí va el asunto, y ha tenido el atrevimiento de sacar a flote sus creencias durante la última sesión, aunque no comprendo realmente si para provocar alguna reacción en mí (sabiéndome no creyente) o porque ha metido la pata (psychologists are people, you know). Tal vez piense que creyendo en Dios y su promesa de salvación y trascendencia, pueda finalmente concebir una vida más allá de la muerte y así llenar mi vacío existencial..., ¿pero recuerdan a Éddy el Librepensador? ¡No ha muerto! Aún veo en Dios precisamente a un ser creado por la necesidad de trascendencia y salvación, o por la necesidad de premio y castigo sobre todo nuestro comportamiento (cielo e infierno) (para los letrados en psicología, conducta operante), o por cualquier otra necesidad que tenga equis persona y que no sea satisfecha por su realidad imperfecta, a tal grado que le da por fantasear. Y bueno, francamente, yo mismo tengo la necesidad de trascendencia y salvación, sin embargo, pienso a Dios y a la vida después de la muerte que éste implica nada más que en términos de una creación humana... ¿cómo le haré para deshacerme de este pensamiento y finalmente empezar a creer? Tal vez es que no quiero creer, pero, ¿por qué no si tiene tantos beneficios? ¿Qué hay en mi cómodo agnosticismo que me impide alejarme de él? V (como le llamaré de vez en cuando a mi terapeuta) dice que sí creo en Dios, pero que estoy enojado con él, que mi discurso me ha delatado, pues al referirme a él muchas veces lo hago dando por hecho que existe (aparentemente para ella al sólo considerarle le doy vida), además he hablado acerca de reconciliarme con él, lo cual supone que antes hemos estado en paz y luego nos hemos peleado.  Hace tiempo que decidí que, y disculpen si sueno arrogante, de existir Dios yo le hubiera perdonado el ser tan imperfecto, el jugar a los monitos con nosotros, el jugar a ser papá y a las casitas, el jugar a tirar los dados o a actuar de acuerdo a su capricho, o el tener un plan tan pero tan perfecto que sólo el sabe que lo es, pues creo que de estar en su postura y condición, yo haría cosas parecidas a las que él; es decir, no estaría enojado con Dios hiciera lo que hiciera, lo comprendería, lo compadecería por estar tan solo y lo amaría. Pero la verdad, afables lectores, es que no creo que Dios exista, con nada y su promesa de vida trascendente o eterna, sin cielo y sin infierno; la verdad es que pienso que después de la muerte sigue la vida, pero no la propia, pues la conciencia desaparece cuando el cuerpo caduca, ésta se desvanece con el corto circuito del cerebro al dejar de trabajar. Pero esta convicción no me tranquiliza. 
Por primera vez siento que he de hallar mi camino espiritual, el cual no sé si incluya un Dios (nótese que no digo Dios, sino que antepongo el artículo "un"; es un Dios, "a la carta", como dice con sarcasmo mi adorada psicóloga monoteísta) o una vida eterna. No sé por dónde empezar, con quién acudir o a qué autor leer, aunque mi amiga Nerea ya me recomendó una biografía cuyo link wikipédico tiene pendiente de entregarme. Lo único que sé es que me movilizaré. 

Mi cabeza era un enredo antes de empezar a escribir esto y ahora ha quedado mucho mejor, gracias bendito Blogger, gracias Éddy por dedicarte este valioso tiempo.
Edit: Oh, se me pasaba mencionar algo: La noche del día en que en terapia traté mi miedo a la muerte y por consiguiente el tema de Dios y la trascendencia, soñé que el cristo que está colgado en la pared de mi cuarto (mi papá lo colocó ahí) se caía y rompía en mil pedazos. Uy xP

martes 28 de junio de 2011

Metatexto

Mi gusto por la lectura creo que inició antes de aprender a leer, siendo yo un preescolar con mucho tiempo libre y una muy pequeña pero jugosa biblioteca a mi alcance. Ésta consistía en los libros de derecho de mi padre, diccionarios y algunos otros que no alcanzo a recordar, todos carentes de genuino estímulo para mi párvulo cerebro, excepto una enciclopedia de Reader's Digest constituida por 12 tomos, cada uno de los cuales traía una o varias secciones laminadas en color con ilustraciones muy atrayentes cuyos nombres quería conocer. Luego mi hermano se empezó a hacer de revistas de videojuegos (aún conservamos nuestra colección de Club Nintendo, una publicación mensual que recolectamos religiosamente desde junio del 96 hasta algún mes del 2003 ó 2004, pasándosenos apenas dos o tres ejemplares) que yo leía con casi tanta avidez como él. Me acababa los cuentos de los libros de texto de Español en la primaria y en la secundaria no mucho tiempo después de que recién me los entregaban. Me metí al mundo de los comics arrastrado por lo que compraba mi hermano y que invariablemente llamaba mi atención; así, periódicamente leía Spawn (también existe todavía una colección nada despreciable de esta tira en los cajones de mi bro) y esporádicamente especiales de Marvel como Spiderman vs Venom, de DC como La Muerte de Superman y de Image como las innumerables sagas alternas de Spawn (The Dark Ages, Hellspawn, Sam & Twitch, Curse of Spawn... definitivamente mis favoritas). Paulatinamente yo mismo invertía mis domingos en lecturas pueriles que me interesaban, como tiras cómicas de Garfield y cuentos (muy chafas) de terror, de esos que venían y vienen todavía reunidos en compilaciones, con portadas llamativas por caligrafías espeluznantes y ojos brillantes en fondos oscuros.
En sexto de primaria leí mi primera novela, Flores en el Ático, que me prestó una compañerita luego de que la maestra de grado nos la platicó; era un libro inmenso y viejo que se deshojaba en mis manos, pero muy entretenido y emocionante, conmovedor hasta las lágrimas. No lo leí completo porque estábamos por salir de la escuela y la dueña lo reclamó de regreso, así que me tuve que saltar unas decenas de hojas aquí y allá hasta llegar al final. Después de buscarlo por años en las 2 ó 3 tristes librerías que había en Vicky Ranch, un día no sólo apareció frente a mis narices, sino que lo hizo acompañado por nada menos que cuatro secuelas. Sin pensarlo demasiado me los compré todos con el dinero de mi beca y los devoré ahora sí sin saltarme una sola página. Pero regresando al punto donde me quedé, luego de Flores en el Ático vino otra tragedia a mí, El Diario de Anna Frank, que leí como encomienda en Historia Universal el primer año de secundaria. Después de eso decidí que me gustaban las novelas, hecho que informé a mi mamá en busca de patrocinadores :); mis primeras adquisiciones fueron El Sueño de Joanna y 20,000 Leguas de Viaje Submarino, la primera me fascinó y la segunda me aburrió a muerte y me cagó por el irrespeto que representaba a mis ideales ecológicos de entonces, así que no la terminé de leer; a éstas siguieron Christine y Cujo, ambas muy disfrutables novelas de terror del señor Stephen King, a quien ya admiraba por las películas adaptadas de sus libros, Eso y Pet Sematary (los cuales leí años después, el segundo en inglés). Mientras tanto no dejé de lado los comics de mi bro de Thundercats, Batman, Spawn, Transformers, Street Fighter, etc. y hasta me leí un manga completo que le prestaron, Love Hina; seguíamos más o menos asiduos de Club Nintendo y empezamos a comprar también religiosamente Mascotas Felices, yo inicié mi devoción a otra publicación períodica: Cartas de Combate, nos hacíamos también de vez en vez de revistas de interés general, principalmente Quo y Conozca Más.
Al entrar a bachillerato aumentó mi lectura exponencialmente, leyéndome más o menos una novela cada mes. Siempre estaba oculto tras un libro para evitar el contacto social, hecho que no lamento pero que a estas fechas no sería capaz o acaso deseoso de repetir. Como fuera, no resultó del todo ni en aquel entonces, pues una compañera precisamente se interesaba en mí y mis libros: me pidió prestados muchos y me devolvió el favor al cuadrado: gracias a ella leí a Nietzsche por primera vez (de hecho una versión breve de Así Hablaba Zaratustra) y con ello inició mi muy fugaz gusto por la filosofía, también ella aportó a mi iniciación en el mundo de la psicología con un muy ameno libro que más bien era de desarrollo personal (El Despertar del Mago); por si fuera poco, esta chica tenía suscripción a National Geographic y a Muy Interesante, suscripción que yo también gocé por casi dos años, pues cada ejemplar me era prestado sin excepción. Por mis años mozos de prepa también empezó mi amor hacia quien es ahora mi autora favorita, Anne Rice, cuando un muy querido amigo me prestó Entrevista con el Vampiro, el primero de los diez libros que componen Las Crónicas Vampíricas, saga que he leído desde entonces disfrutándola a puntos sublimes y al ritmo adecuado, intercalando con otras novelas de corte distinto: de hecho apenas voy en el séptimo libro. Como no es difícil de suponer, me adentré un tanto en lecturas vampíricas, lo cual me condujo sin querer a los relatos eróticos (suelen ir ambos temas muy hilados) de Nancy Kilpatrick, otra autora fregonsísima a mi gusto. Regresé de un modo más elegante a los cuentos de terror, ahora de la mano de H.P Lovecraft (autor de mi favorito: El Color que Cayó del Espacio) y por otro lado mi lectura de comics y revistas en general fue disminuyendo hasta casi extinguirse, siendo que mi hermano dejó de comprarlos de manera paulatina y yo estaba interesado en otros textos.
Con la universidad se me abrió un mundo de posibilidades a un costo muy grande. Era y sigue siendo tanto el material de estudio de mi carrera, que mi oportunidad de leer novelas a una por mes menguó al grado de una o dos al año. Además, con mi emergente gusto y necesidad de socialización el tiempo que podía dedicarle a la lectura en general era más escaso. De pronto a pesar de que me seguía atrayendo mucho, leer no me entretenía tanto, El material didáctico que leí de Psicología lo hice en fragmentos, sin terminarme las obras completas, aunque esto fue más bien porque los profesores nos armaban antologías con libros tan de aquí y allá que no alcanzaba a grabarme los títulos ni los nombres de los autores, salvo rarísimas excepciones que enlisto al final.
Actualmente he desarrollado la facilidad para leer varios libros a la vez (seguro muchos lo hacen, pero yo no solía poder/querer empezar uno sin terminar antes el otro), y como mis clases son cada vez menos mis oportunidades de darles seguimiento se han incrementado. Los comics están definitivamente en el pasado y las revistas tal vez sólo en la peluquería o en la casa de mi abuela, sin embargo ahora leo mucho en internet, pues a saber que este riquísimo medio de posibilidades lo tenía sin explotar por la falta de costumbre de leer en una pantalla; ahora que tengo el hábito, leo muchos artículos sueltos aquí y allá de temas varios... también paso tiempos largos en Wikipedia, lo confieso.

Pues bien, desde hace algún tiempo quería hacer una Entrada con la lista de lo que he leído a lo largo de mi existencia, con la premisa de que parte importante de mi filosofía, personalidad y vida interior es influida por las lecturas que he realizado y a su vez mi filosofía, personalidad y vida interior influye en las selecciones de lecturas que hago (hablo en singular, pero seguramente a muchos más les ocurre); siendo entonces que de sólo mencionar qué libros gusto, pueden intentar adivinar cuáles son mis intereses, preocupaciones y deseos más íntimos. Sin más qué agregar, he aquí la lista de libros que me he aventado.


NOVELAS

Montando la Bala - Stephen King
Christine - Stephen King
Cujo - Stephen King
El Fugitivo -Stephen King
Eso - Stephen King
Pet Sematary - Stephen King
Drácula - Bram Stoker
Sombras en la Noche - Maggie Shayne
Entrevista con el Vampiro - Anne Rice
Lestat, el Vampiro - Anne Rice
La Reina de los Condenados - Anne Rice
El Ladrón de Cuerpos - Anne Rice
Memnoch, el Demonio - Anne Rice
Armand, el Vampiro - Anne Rice
Merrick (voy cerca de la mitad :P) – Anne Rice
La Momia de Ramsés el Maldito - Anne Rice
El Sueño de Joanna – Barbara Wood
Historias de Vampiros – Nancy Kilpatrick
El Descendiente de la Oscuridad – Nancy Kilpatrick
El Señor de Los Anillos: La Comunidad del Anillo – J.R.R Tolkien
El Señor de Los Anillos: Las Dos Torres – J.R.R Tolkien
El Señor de Los Anillos: El Retorno del Rey – J.R.R Tolkien
La Bruja de Portobello – Paulo Coelho
Resident Evil: La Conspiración Umbrella – S.D Perry
Resident Evil: La Ensenada Calibán – S.D Perry
Resident Evil: La Ciudad de los Muertos – S.D Perry 
El Señor de las Moscas – William Golding
La Canción del Mirlo – Jennifer Lauck

Flores en el Ático - V.C Andrews
Pétalos al Viento - V.C Andrews
Si Hubiera Espinas - V.C Andrews
Semillas del Ayer - V.C Andrews
Jardín Sombrío - V.C Andrews
La Casa de los Espíritus – Isabel Allende
El Hijo de Rosemary – Ira Levin
Vida con Mi Viuda - José Agustín
La Tumba - José Agustín
De Perfil - José Agustín
20,000 Leguas de Viaje Submarino (incompleto) - Julio Verne
El Conde de Montecristo (incompleto) - Alejandro Dumas
La Divina Comedia (incompleto) – Dante Alighieri
El Retrato de Dorian Gray (versión breve) - Oscar Wilde
Don Quijote de la Mancha (versión breve) – Cervantes Saavedra
Un Mundo Feliz – Aldous Huxley
Fausto - Goethe

CUENTOS
La Sombra sobre Insmouth – H.P Lovecraft
El Ceremonial -H.P Lovecraft
La Ciudad sin Nombre - H.P Lovecraft
El Terror de Dunwich - H.P Lovecraft
En las Montañas de la Locura - H.P Lovecraft
El Color que Cayó del Espacio - H.P Lovecraft
La Llamada de Cthulhu - H.P Lovecraft
En la Cripta - H.P Lovecraft

LITERATURA CIENTÍFICA O DIDÁCTICA
Manual de Psicoterapia Breve, Intensiva y de Urgencia - L. Bellak
Psicoterapia Breve y de Emergencia – L. Bellak
La Interpretación de los Sueños – S. Freud
La Entrevista Psiquiátrica (incompleto) – Harry Stack Sullivan
Técnicas de la Entrevista Psicodinámica (apenas la he empezado :P) – Isabel Díaz Portillo
Elaboración de Cartas Descriptivas – Antonio Gago Huguet

OTROS
El Despertar del Mago – Jaramillo Loya
Introducción a la PNL (estoy por terminarlo) – Joseph O' Connor et al
Así Hablaba Zaratustra (versión breve) – Friedrich Nietzsche
El Anticristo - Friedrich Nietzsche
La Transformación - Franz Kafka
Guía para la Vida – Matt Groening
El Diario de Anna Frank - ...




Si mi memoria no me falla esos deben ser todos.

sábado 25 de junio de 2011

D;

Me encuentro algo confundido, afables lectores. Probablemente sea una suerte de crisis existencial, probablemente se me pase para mañana, lo que es seguro es que el venir aquí a escribir lo que estoy sintiendo y pensando me ayudará; siempre lo hace.
Tal vez tiene que ver con el proceso de psicoanálisis que inicié el 3 de junio. Ese día por fin me convertí en paciente, a mi 9° tetramestre en la carrera de psicología (si bien había programado que empezaría en 8°, qué valen los planes después de todo), a mis 20 años, sin una cuestión apremiante más que el hecho de querer empezar mi servicio social con menos telarañas en la cabeza, con una mayor conciencia de mí mismo. Me sorprendí por el hecho de estar sujeto al psicoanálisis sin habérmelo propuesto, me sigo sorprendiendo, y es que mis no letrados en psicología lectores, Psicoanálisis y Psicoterapia no es lo mismo, el primero es un proceso en general muy largo y profundo, inigualable en calidad y efectividad por ninguna otra psicoterapia; la psicoterapia puede tomar varias formas o vertientes según sea la preparación teórica del psicólogo (el caso del psicoanálisis es una (o más) especialización(ones) que le otorga al profesional el título de psicoanalista). Digo que estoy sorprendido porque según yo, como estudiante tomaría una terapia breve (de algunos 4 meses), y sería hasta estar trabajando como profesional de la salud mental que iniciaría un psicoanálisis, ya cuando yo me lo pudiera costear, a saber que tiene fama de ser caro, pero resulta que encontré una gran oportunidad económica que decidí no dejar pasar. En mi psicoanálisis llego y la terapeuta no me hace preguntas, o al menos no como uno esperaría en una conversación normal, tampoco como en una entrevista, sino que espera a que hable de lo que quiera por donde quiera empezar, no me da rumbo sino que sigue el mío, interviene sólo cuando ha de hacer las interpretaciones pertinentes, cuando estoy listo para escucharlas. La terapeuta hace señalamientos y pide aclaraciones, de vez en cuando pregunta muy como no queriendo la cosa, háblame de equis persona o situación, y entonces empiezo con mi letanía de tragedias y se me escurre la sesión por la boca hasta que se acaba y me quedan muchas cosas por decir, pero cuando me pregunta si hay algo más que quiera agregar a la sesión digo que no, pues si vuelvo a abrir la boca ocuparé otra medio hora para acabar. Llevo tres sesiones apenas, ya habrá de aflorar mi inconsciente en las próximas, de momento me he entretenido hablando primero de las cosas que me preocupan, luego las que no he superado; he hablado de mi temor a morir, del conflicto que me causa no saber cómo compaginar mi vida romántica con la familiar, en especial las aprensiones que me surgen mirando al futuro, de la muerte de Megan, una chihuahua de 4.5 meses de la que nunca les hablé, del shock que fue mi coming out con mis papás, de mi vida amorosa, de cómo acepté mi sexualidad, de cómo he vivido distintos duelos, entre otras cosas que me cuesta recordar. Confirmé la visión de una alucinación cuando tenía 18 años, reafirmé mi decisión del objeto sexual, me empecé a perdonar por las acciones que no tomé y que pudieron salvar a Megan, reforcé un poquitín la idea de que no importando qué tanto falle a las expectativas de mis padres, ello no me hace desmerecedor de lo que me han procurado, y acaricié la sugerencia de la psicoanalista, que probablemente busco y gusto de que me lastimen emocionalmente (!), la acaricié con mucho recelo. Otra cosa que he tenido que reflexionar es mi superficialidad inicial al momento de elegir pareja, pero he concluido (más o menos) que no es necesariamente un defecto, después de todo lo que busco no es un Ken o un Brad, sino alguien que se ajuste a mis propios ideales de belleza, los cuales no son irreales ni demasiado escasos... aunque ni mucho menos, pero vamos, será tipo un reto (...). Por último hay un asunto que el proceso psicoanalítico me ha recordado, y es que hay algunas cosas que no me gustan de mí. La psicoterapia, sea cual sea su orientación suele presentar una curva, inicia bien, en ascenso, luego descubres ciertas cosillas que no te agradan y que te hacen observar con mayor intensidad los aspectos negativos... la curva desciende, pero al final, enfrentando los obstáculos y dificultades de ese descenso, inicia la cuesta arriba. Siendo psicoanálisis me parece demasiado pronto para empezar a sufrir los vericuetos de la curva, por la duración del proceso ésta debería estar tan alargada que apenas los sentiría, pero tal vez es cierto que ya empezó el descenso, que ya estoy cerca del fondo o a lo mejor tiene poco que ver con psicoterapia lo que en este momento experimento; después de todo mientras estaba en el consultorio me sentía bien:  la confusión y sentimientos negativos surgieron con fuerza hace apenas unas horas.
¡Ah! Me jode que existan cosas que no me gustan de mí, me avergüenza confesar que no he logrado ser tan feliz como antaño, ¡que no he logrado vivir con la pasión que deseo! Que a veces la pasividad me traiciona y sabotea mi actuación. Ojalá haya algo inconsciente detrás de todo esto, ojalá lo descubra y la luz que arroje me haga más fuerte y feliz.