domingo, 3 de julio de 2011

Oh, añorada trascendencia

De nuevo llego hasta acá para organizar mis pensamientos.
Aparentemente la hipótesis final de mi psicóloga es que si temo a la muerte, es precisamente porque no sé qué es lo que sucede después de ella. Muy simple deducción, muy lejana de la fantasía que tenía respecto a situaciones inconscientes que tienen que ver con el control de mi vida o la de los demás o qué sé yo; muy lejana a cualquier verdad lejos de mi conciencia que al entrar a ella me iluminaría el foco de Eureka. Antes de mi sesión del sábado en terapia, fue que me pude remontar a mi recuerdo más primitivo de experimentar esa horrible sensación de auténtico terror que me embarga cuando las circunstancias son adecuadas para que mi fobia se detone (es decir: oscuridad, yo solo en mi cama por la noche, una lucidez ya más o menos desgastada por el sueño), y ese recuerdo primitivo es una escena a mis 6 años, poco después de que muriera mi abuela, estando yo acostado en mi cama de noche y mirando el techo, visualizando a la anciana perdiéndose en un firmamento lleno de estrellas, alejándose hacia el espacio exterior en un intento de mi pueril cerebro de darle sentido al suceso, y es que no recuerdo que nadie me haya dicho qué fue de ella, adónde fue, acaso si murió, a pesar de que yo estuve en el funeral y en el velorio. Al parecer, y ahora hablo parafraseando la interpretación de mi terapeuta, ese primer contacto que tuve con la muerte [de un ser cercano] fue una experiencia estresante y determinante, pues de pronto hay una persona en la familia que a pesar de que jamás simpaticé con ella, deja al morir un hueco y cambia al instante la rutina de vida, pero nadie se molesta en explicarme qué putas sucedió. Bajo la premisa de que son las primeras experiencias cuales marcan con fuego la forma en que veremos y sentiremos las que seguirán en el futuro, mi concepción de la muerte está jodida, es un punto de inseguridad y de misterio sin resolver, una fuente de ansiedad en tanto que lo es lo desconocido. 
Bien, ya está planteada la etiología de mi fobia (y lo pongo en itálicas porque aún no resuelvo si lo puedo definir así, pero en todo caso eso es lo de menos en este momento), su razón de ser. Ahora viene lo bueno, ¿cómo lo resuelvo? Mi terapeuta es una creyente ferviente, no sé si cristiana o católica o qué, pero más o menos por ahí va el asunto, y ha tenido el atrevimiento de sacar a flote sus creencias durante la última sesión, aunque no comprendo realmente si para provocar alguna reacción en mí (sabiéndome no creyente) o porque ha metido la pata (psychologists are people, you know). Tal vez piense que creyendo en Dios y su promesa de salvación y trascendencia, pueda finalmente concebir una vida más allá de la muerte y así llenar mi vacío existencial..., ¿pero recuerdan a Éddy el Librepensador? ¡No ha muerto! Aún veo en Dios precisamente a un ser creado por la necesidad de trascendencia y salvación, o por la necesidad de premio y castigo sobre todo nuestro comportamiento (cielo e infierno) (para los letrados en psicología, conducta operante), o por cualquier otra necesidad que tenga equis persona y que no sea satisfecha por su realidad imperfecta, a tal grado que le da por fantasear. Y bueno, francamente, yo mismo tengo la necesidad de trascendencia y salvación, sin embargo, pienso a Dios y a la vida después de la muerte que éste implica nada más que en términos de una creación humana... ¿cómo le haré para deshacerme de este pensamiento y finalmente empezar a creer? Tal vez es que no quiero creer, pero, ¿por qué no si tiene tantos beneficios? ¿Qué hay en mi cómodo agnosticismo que me impide alejarme de él? V (como le llamaré de vez en cuando a mi terapeuta) dice que sí creo en Dios, pero que estoy enojado con él, que mi discurso me ha delatado, pues al referirme a él muchas veces lo hago dando por hecho que existe (aparentemente para ella al sólo considerarle le doy vida), además he hablado acerca de reconciliarme con él, lo cual supone que antes hemos estado en paz y luego nos hemos peleado.  Hace tiempo que decidí que, y disculpen si sueno arrogante, de existir Dios yo le hubiera perdonado el ser tan imperfecto, el jugar a los monitos con nosotros, el jugar a ser papá y a las casitas, el jugar a tirar los dados o a actuar de acuerdo a su capricho, o el tener un plan tan pero tan perfecto que sólo el sabe que lo es, pues creo que de estar en su postura y condición, yo haría cosas parecidas a las que él; es decir, no estaría enojado con Dios hiciera lo que hiciera, lo comprendería, lo compadecería por estar tan solo y lo amaría. Pero la verdad, afables lectores, es que no creo que Dios exista, con nada y su promesa de vida trascendente o eterna, sin cielo y sin infierno; la verdad es que pienso que después de la muerte sigue la vida, pero no la propia, pues la conciencia desaparece cuando el cuerpo caduca, ésta se desvanece con el corto circuito del cerebro al dejar de trabajar. Pero esta convicción no me tranquiliza. 
Por primera vez siento que he de hallar mi camino espiritual, el cual no sé si incluya un Dios (nótese que no digo Dios, sino que antepongo el artículo "un"; es un Dios, "a la carta", como dice con sarcasmo mi adorada psicóloga monoteísta) o una vida eterna. No sé por dónde empezar, con quién acudir o a qué autor leer, aunque mi amiga Nerea ya me recomendó una biografía cuyo link wikipédico tiene pendiente de entregarme. Lo único que sé es que me movilizaré. 

Mi cabeza era un enredo antes de empezar a escribir esto y ahora ha quedado mucho mejor, gracias bendito Blogger, gracias Éddy por dedicarte este valioso tiempo.
Edit: Oh, se me pasaba mencionar algo: La noche del día en que en terapia traté mi miedo a la muerte y por consiguiente el tema de Dios y la trascendencia, soñé que el cristo que está colgado en la pared de mi cuarto (mi papá lo colocó ahí) se caía y rompía en mil pedazos. Uy xP

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